Viernes, 04 de diciembre de 2009
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HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II

Martes 8 de diciembre de 1998

 

1. «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. (...) Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él» (Ef 1, 3-4).

La liturgia de hoy nos introduce en la dimensión de lo que existía «antes de crear el mundo». A ese antes remiten otros textos del Nuevo Testamento, entre los cuales figura el admirable prólogo del evangelio de san Juan. Antes de la creación, el Padre eterno elige al hombre en Cristo, su Hijo eterno. Esta elección es fruto de amor y manifiesta amor.

Por obra del Hijo eterno hecho hombre, el orden de la creación se ha unido para siempre al de la redención, es decir, de la gracia. Éste es el sentido de la solemnidad de hoy que, de modo significativo, se celebra durante el Adviento, tiempo litúrgico en el que la Iglesia se prepara para conmemorar en Navidad la venida del Mesías.

2. «La creación entera se alegra, y no es ajeno a la fiesta Aquel que tiene en su mano el cielo. Los acontecimientos de hoy son una verdadera solemnidad. Todos se reúnen con un único sentimiento de alegría; todos están imbuidos por un único sentimiento de belleza: el Creador, todas las criaturas y también la Madre del Creador, que lo hizo partícipe de nuestra naturaleza, de nuestras asambleas y de nuestras fiestas» (Nicolás Cabasilas, Homilía II sobre la Anunciación, en: La Madre de Dios, Abadía de Praglia 1997, p. 99).

Este texto de un antiguo escritor oriental corresponde muy bien a la fiesta de hoy. En el camino hacia el gran jubileo del año 2000, tiempo de reconciliación y alegría, la solemnidad de la Inmaculada Concepción marca una etapa densa de fuertes indicaciones para nuestra vida.

Como hemos escuchado en el evangelio de san Lucas, «el mensajero divino dijo a la Virgen: .Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. (Lc 1, 28)» (Redemptoris Mater, 8). El saludo del ángel sitúa a María en el corazón del misterio de Cristo; en efecto, en ella, llena de gracia, se realiza la encarnación del Hijo eterno, don de Dios para la humanidad entera (cf. ib.).

Con la venida del Hijo de Dios todos los hombres son bendecidos; el tentador maligno es vencido para siempre y su cabeza aplastada, para que a nadie se aplique tristemente la maldición que las palabras del libro del Génesis nos acaban de recordar (Gn 3, 14). En Cristo —escribe el apóstol san Pablo a los Efesios— el Padre celestial nos bendice con toda clase de bienes espirituales, nos elige para una santidad verdadera, y nos hace sus hijos adoptivos (cf. Ef 1, 3-5). En él nos convertimos en signo de la santidad, del amor y de la gloria de Dios en la tierra.

(...)

Vaticano


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