Domingo, 24 de enero de 2010
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JUAN PABLO II    

AUDIENCIA GENERAL 

Miércoles 24 de enero de 2001

 

El compromiso por un futuro digno del hombre

1. Al contemplar el mundo y su historia, a primera vista parece dominar el estandarte de la guerra, de la violencia, de la opresión, de la injusticia y de la degradación moral. Como en la visión del capítulo 6 del Apocalipsis, da la impresión de que por los páramos desolados de la tierra cabalgan los jinetes que llevan la corona del poder triunfador, la espada de la violencia, la balanza de la pobreza y del hambre, y la hoz afilada de la muerte (cf. Ap 6, 1-8).

Frente a las tragedias de la historia y a la inmoralidad dominante, se puede repetir la pregunta que el profeta Jeremías dirigió a Dios, haciendo de portavoz de tantas personas que sufren y se ven oprimidas:  "Tú llevas la razón, Señor, cuando discuto contigo; no obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia. ¿Por qué tienen suerte los malos, y son felices todos los traidores?" (Jr 12, 1). A diferencia de Moisés, que desde las alturas del monte Nebo contempló la tierra prometida (cf. Dt 34, 1), nosotros nos asomamos a un mundo atormentado, en el que el reino de Dios se va abriendo camino con dificultad.

2. San Ireneo, en el siglo II, encontró una explicación en la libertad del hombre que, en vez de seguir el proyecto divino de convivencia pacífica (cf. Gn 2), altera las relaciones con Dios, con el hombre y con el mundo. Así escribió el obispo de Lyon:  "Lo que falta no es el arte de Dios, porque él es capaz de sacar de las piedras hijos de Abraham, sino que el que no sigue este arte es causa de su propia imperfección. La luz no falta porque algunos se han cegado a sí mismos, sino que, manteniéndose la luz tal cual es, los que se han cegado por su propia culpa se han sumergido en las tinieblas. Ni la luz someterá a nadie por la fuerza, ni Dios hace violencia al que no quiere guardar su arte" (Adversus haereses IV, 39, 3).

Por consiguiente, es necesario un esfuerzo continuo de conversión que enderece la ruta de la humanidad, para que elija libremente seguir el "arte de Dios", es decir, su designio de paz y amor, de verdad y justicia. Ese arte es el que se revela plenamente en Cristo, y que el convertido Paulino de Nola hacía suyo con este impresionante programa de vida:  "Mi único arte es la fe y la música es Cristo" (Canto XX, 32).

3. Juntamente con la fe, el Espíritu Santo deposita en el corazón del hombre también la semilla de la esperanza. En efecto, como dice la carta a los Hebreos, la fe es "la garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11, 1). En un horizonte a menudo marcado por el desaliento, por el pesimismo, por opciones de muerte, por la inercia y por la superficialidad, el cristiano debe abrirse a la esperanza que brota de la fe. Es lo que representa la escena evangélica de la borrasca que se abate sobre el lago:  "¡Maestro, Maestro, que perecemos!", gritan los discípulos. Y Cristo les pregunta:  "¿Dónde está vuestra fe?" (Lc 8, 24-25). Con la fe en Cristo y en el reino de Dios nunca se está perdido, y la esperanza de la calma y la serenidad reaparece en el horizonte. También para un futuro digno del hombre es necesario hacer que vuelva a florecer la fe activa que engendra la esperanza. De esta un poeta francés escribió:  "La esperanza es la espera trepidante del buen sembrador, es el ansia de quien presenta su candidatura para la eternidad. La esperanza es infinitud de amor" (Charles Peguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud).

4. El amor a la humanidad, a su bienestar material y espiritual, a un progreso auténtico, debe animar a todos los creyentes. Cada acto realizado para crear un futuro mejor, una tierra más habitable y una sociedad más fraterna contribuye, aunque sea de modo indirecto, a la edificación del reino de Dios. Precisamente en la perspectiva de ese reino, "el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia" (Evangelium vitae, 2; cf. Redemptor hominis, 14). Es el camino que Cristo mismo siguió, convirtiéndose a la vez en "camino" del hombre (cf. Jn 14, 6).

Por este camino estamos llamados ante todo a desterrar el miedo al futuro, que con frecuencia atenaza a las generaciones jóvenes, llevándolas por reacción a la indiferencia, a la dimisión frente a los compromisos de la vida, al embrutecimiento por la droga, la violencia y la apatía. Asimismo, es preciso suscitar la alegría por todo niño que nace (cf. Jn 16, 21), para que sea acogido con amor y pueda crecer en el cuerpo y en el espíritu. De ese modo se colabora en la obra misma de Cristo, que definió así su misión:  "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10).

5. Al inicio escuchamos el mensaje que el apóstol san Juan dirige a los padres y a los hijos, a los ancianos y a los jóvenes, para que sigan luchando y esperando juntos, con la certeza de que es posible vencer el mal y al maligno, en virtud de la presencia eficaz del Padre celestial. Infundir la esperanza es una tarea fundamental de la Iglesia. El concilio Vaticano II nos dejó al respecto esta iluminadora consideración:  "Podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar" (Gaudium et spes, 31). Desde esta perspectiva me complace recordar el llamamiento a la confianza que hice en el discurso dirigido a la Organización de las Naciones Unidas en el año 1995:  "No debemos tener miedo del futuro (...). Tenemos en nosotros la capacidad de sabiduría y de virtud. Con estos dones, y con la ayuda de la gracia de Dios, podemos construir en el siglo que está por llegar y para el próximo milenio una civilización digna de la persona humana, una verdadera cultura de la libertad. ¡Podemos y debemos hacerlo! Y, haciéndolo, podremos darnos cuenta de que las lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva primavera del espíritu humano" (n. 18:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de octubre de 1995, p. 9).



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Tags: humanidad, futuro, guerras, catástrofes, esperanza, espíritu

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