Viernes, 25 de marzo de 2011
Publicado por GEGM_81 @ 20:04  | Derechos Humanos
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Fragmentos de la Carta Enc?clica?Evangelium vitae de Juan Pablo II sobre el Valor y el Caracter Inviolable de la Vida Humana?


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? Porque t? mis v?sceras has formado ? (Sal 139 138, 13): la dignidad del ni?o a?n no nacido

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44. La vida humana se encuentra en una situaci?n muy precaria cuando viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la eternidad. Est?n muy presentes en la Palabra de Dios ?sobre todo en relaci?n con la existencia marcada por la enfermedad y la vejez? las exhortaciones al cuidado y al respeto. Si faltan llamadas directas y expl?citas a salvaguardar la vida humana en sus or?genes, especialmente la vida a?n no nacida, como tambi?n la que est? cercana a su fin, ello se explica f?cilmente por el hecho de que la sola posibilidad de ofender, agredir o, incluso, negar la vida en estas condiciones se sale del horizonte religioso y cultural del pueblo de Dios.

En el Antiguo Testamento la esterilidad es temida como una maldici?n, mientras que la prole numerosa es considerada como una bendici?n: ? La herencia del Se?or son los hijos, recompensa el fruto de las entra?as ? (Sal 127 126, 3; cf. Sal 128 127, 3-4). Influye tambi?n en esta convicci?n la conciencia que tiene Israel de ser el pueblo de la Alianza, llamado a multiplicarse seg?n la promesa hecha a Abraham: ? Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas... as? ser? tu descendencia ? (Gn 5, 15). Pero es sobre todo palpable la certeza de que la vida transmitida por los padres tiene su origen en Dios, como atestiguan tantas p?ginas b?blicas que con respeto y amor hablan de la concepci?n, de la formaci?n de la vida en el seno materno, del nacimiento y del estrecho v?nculo que hay entre el momento inicial de la existencia y la acci?n del Dios Creador.

? Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conoc?a, y antes que nacieses, te ten?a consagrado ? (Jr 1, 5): la existencia de cada individuo, desde su origen, est? en el designio divino. Job, desde lo profundo de su dolor, se detiene a contemplar la obra de Dios en la formaci?n milagrosa de su cuerpo en el seno materno, encontrando en ello un motivo de confianza y manifestando la certeza de la existencia de un proyecto divino sobre su vida: ? Tus manos me formaron, me plasmaron, ?y luego, en arrebato, me quieres destruir! Recuerda que me hiciste como se amasa el barro, y que al polvo has de devolverme. ?No me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios. Luego con la vida me agraciaste y tu solicitud cuid? mi aliento ? (10, 8-12). Acentos de reverente estupor ante la intervenci?n de Dios sobre la vida en formaci?n resuenan tambi?n en los Salmos. 35

?C?mo se puede pensar que uno solo de los momentos de este maravilloso proceso de formaci?n de la vida pueda ser sustra?do de la sabia y amorosa acci?n del Creador y dejado a merced del arbitrio del hombre? Ciertamente no lo pens? as? la madre de los siete hermanos, que profes? su fe en Dios, principio y garant?a de la vida desde su concepci?n, y al mismo tiempo fundamento de la esperanza en la nueva vida m?s all? de la muerte: ? Yo no s? c?mo aparecisteis en mis entra?as, ni fui yo quien os regal? el esp?ritu y la vida, ni tampoco organic? yo los elementos de cada uno. Pues as? el Creador del mundo, el que model? al hombre en su nacimiento y proyect? el origen de todas las cosas, os devolver? el esp?ritu y la vida con misericordia, porque ahora no mir?is por vosotros mismos a causa de sus leyes ? (2 M 7, 22-23).

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45. La revelaci?n del Nuevo Testamento confirma elreconocimiento indiscutible del valor de la vida desde sus comienzos. La exaltaci?n de la fecundidad y la espera diligente de la vida resuenan en las palabras con las que Isabel se alegra por su embarazo: ? El Se?or... se dign? quitar mi oprobio entre los hombres ? (Lc 1, 25). El valor de la persona desde su concepci?n es celebrado m?s vivamente a?n en el encuentro entre la Virgen Mar?a e Isabel, y entre los dos ni?os que llevan en su seno. Son precisamente ellos, los ni?os, quienes revelan la llegada de la era mesi?nica: en su encuentro comienza a actuar la fuerza redentora de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres. ? Bien pronto ?escribe san Ambrosio? se manifiestan los beneficios de la llegada de Mar?a y de la presencia del Se?or... Isabel fue la primera en o?r la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuch? seg?n las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegr? a causa del misterio. Isabel sinti? la proximidad de Mar?a, Juan la del Se?or; la mujer oy? la salutaci?n de la mujer, el hijo sinti? la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, vivi?ndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiraci?n de sus propios hijos. El ni?o salt? de gozo y la madre fue llena del Esp?ritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, despu?s que fue repleto el hijo, qued? tambi?n colmada la madre ?.

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? Mi embri?n tus ojos lo ve?an ? (Sal 139 138, 16): el delito abominable del aborto

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58. Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta caracter?sticas que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como ? cr?menes nefandos ?.54

Hoy, sin embargo, la percepci?n de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptaci?n del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es se?al evidente de una peligros?sima crisis del sentido moral, que es cada vez m?s incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando est? en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situaci?n tan grave, se requiere m?s que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentaci?n de autoenga?o. A este prop?sito resuena categ?rico el reproche del Profeta: ? ?Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad ? (Is 5, 20). Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusi?n de una terminolog?a ambigua, como la de ? interrupci?n del embarazo ?, que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opini?n p?blica. Quiz?s este mismo fen?meno ling??stico sea s?ntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminaci?n deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepci?n al nacimiento.

La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias espec?ficas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo m?s inocente en absoluto que se pueda imaginar: ?jam?s podr? ser considerado un agresor, y menos a?n un agresor injusto! Es d?bil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella m?nima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del reci?n nacido. Se halla totalmente confiado a la protecci?n y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminaci?n, e incluso la procura.

Es cierto que en muchas ocasiones la opci?n del aborto tiene para la madre un car?cter dram?tico y doloroso, en cuanto que la decisi?n de deshacerse del fruto de la concepci?n no se toma por razones puramente ego?stas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los dem?s miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para ?l lo mejor ser?a no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dram?ticas, jam?s pueden justificar la eliminaci?n deliberada de un ser humano inocente.

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59. En la decisi?n sobre la muerte del ni?o a?n no nacido, adem?s de la madre, intervienen con frecuencia otras personas. Ante todo, puede ser culpable el padre del ni?o, no s?lo cuando induce expresamente a la mujer al aborto, sino tambi?n cuando favorece de modo indirecto esta decisi?n suya al dejarla sola ante los problemas del embarazo: 55 de esta forma se hiere mortalmente a la familia y se profana su naturaleza de comunidad de amor y su vocaci?n de ser ? santuario de la vida ?. No se pueden olvidar las presiones que a veces provienen de un contexto m?s amplio de familiares y amigos. No raramente la mujer est? sometida a presiones tan fuertes que se siente psicol?gicamente obligada a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la responsabilidad moral afecta particularmente a quienes directa o indirectamente la han forzado a abortar. Tambi?n son responsables los m?dicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida.

Pero la responsabilidad implica tambi?n a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos. Una responsabilidad general no menos grave afecta tanto a los que han favorecido la difusi?n de una mentalidad de permisivismo sexual y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron haber asegurado ?y no lo han hecho? pol?ticas familiares y sociales v?lidas en apoyo de las familias, especialmente de las numerosas o con particulares dificultades econ?micas y educativas. Finalmente, no se puede minimizar el entramado de complicidades que llega a abarcar incluso a instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistem?ticamente por la legalizaci?n y la difusi?n del aborto en el mundo. En este sentido, el aborto va m?s all? de la responsabilidad de las personas concretas y del da?o que se les provoca, asumiendo una dimensi?n fuertemente social: es una herida grav?sima causada a la sociedad y a su cultura por quienes deber?an ser sus constructores y defensores. Como he escrito en mi Carta a las Familias, ? nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no s?lo la de cada individuo, sino tambi?n la de toda la civilizaci?n ?.56 Estamos ante lo que puede definirse como una ? estructura de pecado ? contra la vida humana a?n no nacida.

60. Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepci?n, al menos hasta un cierto n?mero de d?as, no puede ser todav?a considerado una vida humana personal. En realidad, ? desde el momento en que el ?vulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por s? mismo. Jam?s llegar? a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre... la gen?tica moderna otorga una preciosa confirmaci?n. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que ser? ese viviente: una persona, un individuo con sus caracter?sticas ya bien determinadas. Con la fecundaci?n inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar ?.57 Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observaci?n de ning?n dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embri?n humano ofrecen ? una indicaci?n preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: ?c?mo un individuo humano podr?a no ser persona humana? ?.58

Por lo dem?s, est? en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligaci?n moral, bastar?a la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la m?s rotunda prohibici?n de cualquier intervenci?n destinada a eliminar un embri?n humano. Precisamente por esto, m?s all? de los debates cient?ficos y de las mismas afirmaciones filos?ficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha ense?ado, y sigue ense?ando, que al fruto de la generaci?n humana, desde el primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual: ? El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepci?n y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida ?.59

61. Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y espec?ficas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen l?gicamente que se extienda tambi?n a este caso el mandamiento divino ? no matar?s ?.

La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, tambi?n en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todav?a un peque?o embri?n informe y que en ?l entrev? el adulto de ma?ana, cuyos d?as est?n contados y cuya vocaci?n est? ya escrita en el ? libro de la vida ? (cf. Sal 139 138, 1. 13-16). Incluso cuando est? todav?a en el seno materno, ?como testimonian numerosos textos b?blicos 60? el hombre es t?rmino personal?simo de la amorosa y paterna providencia divina.

La Tradici?n cristiana ?como bien se?ala la Declaraci?n emitida al respecto por la Congregaci?n para la Doctrina de la Fe 61? es clara y un?nime, desde los or?genes hasta nuestros d?as, en considerar el aborto como desorden moral particularmente grave. Desde que entr? en contacto con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la pr?ctica del aborto y del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad, como bien demuestra la ya citada Didach?. 62 Entre los escritores eclesi?sticos del ?rea griega, Aten?goras recuerda que los cristianos consideran como homicidas a las mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque los ni?os, aun estando en el seno de la madre, son ya ? objeto, por ende, de la providencia de Dios ?.63 Entre los latinos, Tertuliano afirma: ? Es un homicidio anticipado impedir el nacimiento; poco importa que se suprima el alma ya nacida o que se la haga desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aqu?l que lo ser? ?.64

A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha sido ense?ada constantemente por los Padres de la Iglesia, por sus Pastores y Doctores. Incluso las discusiones de car?cter cient?fico y filos?fico sobre el momento preciso de la infusi?n del alma espiritual, nunca han provocado la m?nima duda sobre la condena moral del aborto.

62. El Magisterio pontificio m?s reciente ha reafirmado con gran vigor esta doctrina com?n. En particular, P?o XI en la Enc?clica Casti connubii rechaz? las pretendidas justificaciones del aborto; 65 P?o XII excluy? todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir la vida humana a?n no nacida, ? tanto si tal destrucci?n se entiende como fin o s?lo como medio para el fin ?; 66 Juan XXIII reafirm? que la vida humana es sagrada, porque ? desde que aflora, ella implica directamente la acci?n creadora de Dios ?.67 El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, conden? con gran severidad el aborto: ? se ha de proteger la vida con el m?ximo cuidado desde la concepci?n; tanto el aborto como el infanticidio son cr?menes nefandos ?.68

La disciplina can?nica de la Iglesia, desde los primeros siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa del aborto y esta praxis, con penas m?s o menos graves, ha sido ratificada en los diversos per?odos hist?ricos. El C?digo de Derecho Can?nico de 1917 establec?a para el aborto la pena de excomuni?n. 69 Tambi?n la nueva legislaci?n can?nica se sit?a en esta direcci?n cuando sanciona que ? quien procura el aborto, si ?ste se produce, incurre en excomuni?n latae sententiae ?,70 es decir, autom?tica. La excomuni?n afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena, incluidos tambi?n aquellos c?mplices sin cuya cooperaci?n el delito no se hubiera producido: 71 con esta reiterada sanci?n, la Iglesia se?ala este delito como uno de los m?s graves y peligrosos, alentando as? a quien lo comete a buscar sol?citamente el camino de la conversi?n. En efecto, en la Iglesia la pena de excomuni?n tiene como fin hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer, por tanto, una adecuada conversi?n y penitencia.

Ante semejante unanimidad en la tradici?n doctrinal y disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta ense?anza no hab?a cambiado y que era inmutable. 72 Por tanto, con la autoridad que Cristo confiri? a Pedro y a sus Sucesores, en comuni?n con todos los Obispos ?que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado un?nimemente sobre esta doctrina?, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminaci?n deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradici?n de la Iglesia y ense?ada por el Magisterio ordinario y universal. 73

Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podr? jam?s hacer l?cito un acto que es intr?nsecamente il?cito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el coraz?n de cada hombre, reconocible por la misma raz?n, y proclamada por la Iglesia.

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63. La valoraci?n moral del aborto se debe aplicar tambi?n a las recientes formas de intervenci?n sobre los embriones humanos que, aun buscando fines en s? mismos leg?timos, comportan inevitablemente su destrucci?n. Es el caso de los experimentos con embriones, en creciente expansi?n en el campo de la investigaci?n biom?dica y legalmente admitida por algunos Estados. Si ? son l?citas las intervenciones sobre el embri?n humano siempre que respeten la vida y la integridad del embri?n, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curaci?n, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual ?,74 se debe afirmar, sin embargo, que el uso de embriones o fetos humanos como objeto de experimentaci?n constituye un delito en consideraci?n a su dignidad de seres humanos, que tienen derecho al mismo respeto debido al ni?o ya nacido y a toda persona. 75

La misma condena moral concierne tambi?n al procedimiento que utiliza los embriones y fetos humanos todav?a vivos ?a veces ? producidos ? expresamente para este fin mediante la fecundaci?n in vitro? sea como ? material biol?gico ? para ser utilizado, sea como abastecedores de ?rganos o tejidos para trasplantar en el tratamiento de algunas enfermedades. En verdad, la eliminaci?n de criaturas humanas inocentes, aun cuando beneficie a otras, constituye un acto absolutamente inaceptable.

Una atenci?n especial merece la valoraci?n moral de las t?cnicas de diagn?stico prenatal, que permiten identificar precozmente eventuales anomal?as del ni?o por nacer. En efecto, por la complejidad de estas t?cnicas, esta valoraci?n debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente. Estas t?cnicas son moralmente l?citas cuando est?n exentas de riesgos desproporcionados para el ni?o o la madre, y est?n orientadas a posibilitar una terapia precoz o tambi?n a favorecer una serena y consciente aceptaci?n del ni?o por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curaci?n antes del nacimiento son hoy todav?a escasas, sucede no pocas veces que estas t?cnicas se ponen al servicio de una mentalidad eugen?sica, que acepta el aborto selectivo para impedir el nacimiento de ni?os afectados por varios tipos de anomal?as. Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo s?lo par?metros de ? normalidad ? y de bienestar f?sico, abriendo as? el camino a la legitimaci?n incluso del infanticidio y de la eutanasia.

En realidad, precisamente el valor y la serenidad con que tantos hermanos nuestros, afectados por graves formas de minusvalidez, viven su existencia cuando son aceptados y amados por nosotros, constituyen un testimonio particularmente eficaz de los aut?nticos valores que caracterizan la vida y que la hacen, incluso en condiciones dif?ciles, preciosa para s? y para los dem?s. La Iglesia est? cercana a aquellos esposos que, con gran ansia y sufrimiento, acogen a sus hijos gravemente afectados de incapacidades, as? como agradece a todas las familias que, por medio de la adopci?n, amparan a quienes han sido abandonados por sus padres, debido a formas de minusvalidez o enfermedades.

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Texto Completo de la Enc?clica:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae_sp.html?


Tags: niño por nacer, vida, aborto, evangelium vitae, Juan Pablo II

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